domingo, 19 de noviembre de 2017

Endometriosis

Seguía corriendo por aquel pasillo estrecho, lleno de puertas cerradas y lamentos dolorosos saliendo por pequeñas ventanas. Mi  garganta estaba seca y mis   piernas  apunto de   desfallecer. Pero, aquello me producía mucho miedo,   tanto, que mi corazón intentaba pararse y morir para ya no seguir sintiendo.

Esa masa sanguinolenta y pestilente, se arrastraba   cual babosa enorme avanzando a paso veloz por el camino. Su apariencia deforme y  rojo intenso la  hacían verse como un enorme coágulo de tres metros de altura, cuyos ojos negros parecían  dos grandes quistes deformes  llenos de viscosidad negruzca a punto de   reventar.

Entre sus pliegues voluminosos se alcanzaba a formar una sonrisa llena de minúsculos dientes carcomidos y manchados de rojo. No podía hacer nada. Estaba perdida ante la masa  viviente persiguiéndome por el largo pasillo del hospital, ese mismo al que llegue de emergencia con un intenso dolor en el vientre,

Mi último recuerdo coherente es haber cerrado los ojos en la habitación donde me preparaban  para   la  operación y luego estaba corriendo por mi vida, cuando esa criatura me  lanzo al piso del quirófano de  un fuerte golpe. Yo vestía una bata de hospital levantándome algo mareada y confundida, viendo a mi acompañante de habitación. No había doctores, ni enfermeras. El instrumental estaba en perfecto orden y listo para ser utilizado.

Como  pude   me   incorpore   y la aterradora cosa emitía   gruñidos  de ira. Lanzaba zarpazos  a  diestra y  siniestra intentando destruir la plancha de  operaciones  y  todo lo que   se interponía entre nosotros. En un golpe pequeño de suerte, algunos bisturíes cayeron cerca de mis pies y sin dudarlo tome uno. El ambiente helado se llenó de olor a  sangre putrefacta. Me arme de valor y deje ir, con   todas mis fuerzas el instrumento sobre en monstruo, enterrándole la filosa navaja en el pecho o  lo que se parecía a ello.

Un dolor punzante atravesó mi vientre, doblándome del dolor. La masa viviente  aprovecho y me mandó a volar de nuevo hasta la puerta del quirófano. Note como una gran cantidad de sangre corría entre mis piernas, la  bata se tornaba carmesí  y  mis manos estaban húmedas por la que brotaba de la piel de mi   vientre.

El coágulo viviente se divertía hundiendo un poco más en sí, el  bisturí y al mismo tiempo me provocaba un dolor intenso. Sus gruñidos se transformaron en risas. Mis piernas temblaban y  la  sangre no paraba de correr entre mis  manos. Reuní   todas  las fuerzas dentro de mí y  salí  corriendo   por el  pasillo pidiendo  ayuda.  Esa  cosa inició  la  persecución   con frenesí.  No había nadie  en los consultorios, ni detrás de las puertas. No existía persona, doctor o enfermera. Solo un   montón de lamentos de tortura salidos de la nada y penumbras alrededor.

Las luces parpadeaban  incesantemente.  Mi victimario casi me atrapaba. Llevaba jugueteando  el  bisturí entre sus gruesas, rojas y grotescas manos. Mis piernas se rendían al cansancio y fue mi propia  sangre la que me traiciono. Me hizo caer por los suelos quedando a merced de mi perseguidor. Me giré como pude, pero la masa me cayó encima. No podía respirar. Mi boca y mi garganta se llenaron  de esa cosa  gelatinosa y coagulada. Sabía a metal, sabía a muerte.

Lentamente mis movimientos se fueron apagando, cual pez fuera del agua. Mi corazón palpitaba  rápido, mis pulmones se ahogaban, mi cuerpo temblaba en sus últimos intentos por preservar la  vida. Por entre mi piernas me desangraba de forma violenta por la  presión de su   peso sobre mi. Ya estaba muriendo....


Oí a lo lejos una voz de hombre que intentaba despertarme

-Vamos chica, ya terminamos. Saliste bien  de la  operación.- Mis ojo se abrieron de repente, lo miraban atónita y  confundida. El miedo seguía en mi.

En un frasco, que sostenía en su mano forrada con un guante blanco, me enseñó  grandes pedazos  de piel y coágulos sangrantes adheridos a ella. Eran tal y como aquel monstruo de mi  pesadilla.   ¡Era él!, hecho pedazos.  Mis ojos seguían  fijos  el  recipiente cuando   la  cara del doctor  apareció frente   a mí. - Ese monstruo se comió  a tus hijos.  Jamás podrás   ser   madre. ¡Ve  el  lado   positivo! Te salvamos de el.- dijo sonriente  el doctor, cuyos ojos negros me recordaban  los quistes amorfos y negruzcos de la endometriosis de mis sueños.


Nancy BlueAngl


Fotografía de Nancy BlueAngl
El ojo mecánico de mi alma http://elojomecanicodemialma.blogspot.mx